Abordamos los desafíos emocionales del diseño
"Enfrentarse a un reto creativo es algo muy estimulante"
He escuchado esta frase (u otras variaciones) un millón de veces, y todas me llevan al mismo lugar: una visión de la creatividad demasiado optimista, incluso un poco “boomer”.
Aunque pueda resultar estimulante, enfrentarse a un reto creativo también conlleva un gran desafío emocional: nos obliga a mirarnos y a estar con nosotras mismas, haciendo que conviva tanto lo que más nos gusta de nosotras… como lo que no tanto. Estar en contacto con retos creativos nos hace lidiar constantemente con mochilas y bagajes personales, los cuáles a veces son difíciles de manejar y pueden complicar lo más básico del día a día. Sin embargo, no podemos evitarlo, ahí están: son nuestros pequeños “grandes dramas”.
Por supuesto, si algo nos gusta hacer en equipo, es identificar temas y agruparlos en categorías. Lovers de la clusterización. Y así lo hicimos: pensando, leyendo y hablando con diferentes compis de profesión, hemos ido desentrañando 5 grandes dramas que atraviesan a las personas que se dedican al diseño.

- Autosabotaje
- Aislamiento creativo
- Sobredosis por creatividad
- Necesidad de control
- Diseño con propósito
Pero, ¿cuál de estos “dramas” es el que más padecen los profesionales del diseño? Con este reto nos fuimos a la última edición del BLANC!, el festival de diseño, innovación y creatividad, celebrado en octubre en Vilanova i la Geltrú.
En primer lugar, creamos el Dramómetro, un panel interactivo donde los asistentes del BLANC! podían identificar y reconocer el drama colocando una pequeña pelota en el envase con el drama en el que se sienten más representados. Pero no queríamos quedarnos solo en eso; queríamos ir un paso más allá, así que nos los llevamos a terapia.

Imagen de Marta Camps
"Designer, ¿cuál es tu drama?"
Así arrancamos los círculos terapéuticos, una dinámica pensada para la conversación y reflexión, con la idea de que funcionase como un pequeño grupo de terapia. En ella, nos pasábamos una pelota antiestrés que servía como excusa para “pasar el turno”, invitando a los participantes a compartir y profundizar en los dramas que previamente habían señalado, llevando la conversación de lo individual a lo colectivo.

Imagen de Marta Camps
Durante esos 3 días, después de muchas conversaciones entre diseñadoras y diseñadores, descubrimos algo que nos une, un sufrimiento que nunca pasa de moda: el autosabotaje. ¿Te suena? Aquí los greatest hits:
- Miedo al fracaso: Nos aterroriza cometer errores que puedan costarnos el proyecto o la confianza del cliente.
- Rechazo a la crítica: Nos cuesta recibir feedback, sobre todo cuando se da de una manera poco constructiva.
- Competencia feroz: Sentimos el peso por destacar y compararnos, en una industria que no para de evolucionar.
- Autoexigencia ilimitada: La presión constante de superarnos una y otra vez, como si nunca fuera suficiente. Pixel perfect.
- Síndrome del impostor: El clásico. Esa duda persistente sobre si realmente estamos o no a la altura.
Además de este “don innato” también detectamos que la necesidad de control absoluto es un tema que nos atraviesa profundamente como profesionales, especialmente lo observamos en perfiles que trabajan en el diseño digital.
Considerando que los dramas más comúnmente identificados son el autosabotaje y la necesidad de control… ¿Qué nos dice esto de nosotras? ¿Son estos rasgos propios de las personas que se dedican al diseño actualmente?

Imagen de Marta Camps
Quizás solo son la consecuencia de nuestra cultura de trabajo actual, ya que lo que más hemos aprendido es que, como diseñadoras, compartimos algo tan real como común: la experiencia a la vulnerabilidad. Parece que nos sentimos más expuestos que nunca a las expectativas de un entorno laboral que no solo pide calidad y originalidad, sino también adaptabilidad y, sobre todo, resistencia emocional.
Esto intensifica la necesidad de validación externa y nos hace cuestionar - constantemente - la duda que alimenta ese síndrome del impostor, si estamos o no “a la altura”.
Por otro lado, la constante necesidad por mantener el control, que en su momento podría haberse considerado una característica positiva o una virtud profesional, irónicamente, ahora se siente más bien como una carga emocional, algo que hemos normalizado como sector. Hemos pasado demasiado tiempo pensando que el control y la autoexigencia son sellos de profesionalismo, sin darnos cuenta de que, vivirlas desde ahí hace el camino mucho más solitario, menos compartido y, sobre todo, mucho menos divertido.
Esto es importante teniendo en cuenta la iniciativa #EmplearSinBarreras realizado por la confederación de la Salud mental en España y en colaboración con el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, en el último año en España, se ha registrado un incremento significativo de bajas laborales vinculadas a problemas de salud mental, destacándose especialmente la ansiedad y la depresión.
Además, se señala que estas bajas son largas y que afectan especialmente a jóvenes, cuyo índice de bajas por motivos mentales ha aumentado un 91% desde la pandemia.
Por ello, encontrar un equilibrio entre la vida personal y profesional se ha vuelto una necesidad crucial y una práctica cada vez más común.
En particular, las nuevas generaciones están priorizando su bienestar sobre las demandas del mercado laboral. Esto se refleja en el aumento de renuncias y bajas voluntarias, especialmente en sectores como el tecnológico y el de servicios, donde la rotación laboral ya supera el 20%.
A este suceso se le puso nombre: "la gran renuncia" y sí, hay vídeos en TikTok sobre ello, lo cuál es muy revelador a la hora de hablar de tendencias. Este fenómeno, que comenzó durante la pandemia, describe la ola de trabajadores, en su mayoría millennials y generación Z, que están abandonando sus empleos en busca de mejores condiciones laborales, mayor flexibilidad o bienestar personal.

Imagen de Tiktok
Pero, ¿qué queremos decir con encontrar el equilibrio? Es posible que no signifique únicamente dejar de trabajar, sino dejar de trabajar tal y como lo hacíamos hasta ahora.
Según el informe anual Connecting the Dots de GWI sobre tendencias de consumo para 2025, el auge de los side hustles o trabajos secundarios está transformando la percepción del trabajo. Actualmente, el 11 % de la fuerza laboral combina su empleo principal con un proyecto paralelo, impulsado no solo por razones económicas, sino también por la búsqueda de pasión, conexiones sociales o el deseo de diversificar sus ingresos.
El teletrabajo y los horarios híbridos han facilitado esta tendencia, permitiendo que más personas exploren trabajos o negocios secundarios potencialmente rentables. Este fenómeno refleja cómo las personas están redefiniendo sus prioridades laborales y adaptándose a una economía desafiante, como destaca un artículo reciente de Forbes.
Mientras tanto, el mercado parece seguir anclado en un modelo de exigencia tradicional: la excelencia, los títulos, la experiencia de más de 3-5 años, dominar cualquier tecnología y herramienta nueva… Todo ello como si fueran marcadores de valor innegables, sin detenernos a cuestionar la carga emocional que conlleva.
Parece que no hay tiempo para disfrutar del camino del aprendizaje. Seguimos utilizando y reciclando las mismas jobs descriptions de Linkedin desde hace años, en algunos casos ignorando competencias igualmente esenciales. ¿Por qué no replanteamos las prioridades? Incorporar habilidades como la inteligencia emocional en el centro de las búsquedas podría aportar un enfoque más humano y alineado con las necesidades actuales del mercado y los trabajadores.
El primer paso ya lo hemos hecho: abrir conversaciones sobre nuestras preocupaciones y vulnerabilidades.
Aunque algunas prácticas pasadas nos han llevado a una cultura de individualismo, en la que se recompensa al individuo sobre el colectivo, ¿no es justamente la fortaleza del grupo lo que nos permite salir de ese ciclo de autosabotaje y agotamiento?
Es por ello que compartir espacios y cuidarnos entre profesionales es crucial si queremos crear una cultura de diseño de la que nos queramos sentir parte.

Imagen de Marta Camps
Ahora, el verdadero reto es construir espacios de apoyo y cuidado mutuo donde podamos crecer juntas. Este cambio no puede quedar solo en manos de las diseñadoras. Las marcas y las empresas también tienen la responsabilidad y la oportunidad de ayudar a organizar y nutrir esta cultura.
¿Por qué no empezar por cuestionarnos nuestra manera de vivir el trabajo? La flexibilidad y la apertura serán palabras clave para ello.
Lo que realmente nos fortalece como diseñadoras no es la habilidad de controlar cada detalle, sino la capacidad de construir conexiones genuinas. Aunque a veces caigamos en el overthinking y nuestra naturaleza sufridora, estaría bien llevarnos esta capacidad para tejer comunidad. Abrir el diálogo sobre nuestras preocupaciones y desmitificar el individualismo nos ayuda a superar las barreras del control y la autoexigencia.
En el BLANC! tuvimos la suerte de aprender que del diseño también se sale, y es que sí: también se sale del aislamiento, de la presión y del autosabotaje, ¿cómo? como sabemos hacer: diseñando, tejiendo redes de apoyo y colaboración entre nosotras.


