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¿Seguimos creyendo en el diseño? Confesiones desde el Ágora del Blanc!
Martina
Martina, 29 de octubre de 2026

¿Seguimos creyendo en el diseño? Confesiones desde el Ágora del Blanc!

16 min. lectura
WorkshopsInteligencia artificialMetodologíacultura creativa

Crónica del Ágora del Blanc! 2026: unas 120 personas y un debate honesto sobre IA, tarifas y cómo explicar el valor del diseño.

Un año más hemos sido cómplices del milagro del Blanc!. Desde 2008, este festival reúne a mentes inquietas que se mueven por un mismo propósito: diseñar. Y este año ha vuelto a Barcelona con una propuesta que pedía algo más que escuchar: convertirse en el Templo del Diseño, un espacio casi religioso donde confesar, debatir y conectar.

Nuestra contribución fue el Ágora, un espacio de participación colectiva sobre tres temas que atraviesan hoy el oficio: la inteligencia artificial, con sus luces y sus sombras; el dinero y los clientes, de las tarifas a la captación; y el valor del diseño, o por qué nos cuesta tanto explicar lo que hacemos. Partíamos de una convicción: las respuestas a lo que nos pasa como colectivo no siempre están en una mesa redonda o en una charla magistral, casi siempre están en los detalles cotidianos que compartimos cuando tenemos el espacio adecuado.

Resumen del Ágora del Blanc! 2026. Vídeo de Alejandro Madeira.

De la encuesta al templo: cómo nació el Ágora

El viernes 23 de octubre, a las 11:30, abrimos el Ágora. Detrás hubo más de cinco meses de trabajo en los que el equipo de Interactius, junto a ADG-FAD, conceptualizó qué intervención tenía sentido dentro de la estrategia del festival: convertir el Blanc! en el Templo del Diseño y crear un marco donde compartir las preocupaciones reales del sector.

Lo abordamos como diseñamos cualquier servicio: entendiendo la diversidad real de quienes iban a habitarlo, el espacio, el tiempo y las necesidades del festival. Sabíamos que convivirían estudiantes, profesionales freelance, personas asalariadas, perfiles al frente de estudios y amantes del diseño que trabajan en otros sectores.

Por eso los temas no los elegimos nosotros. Salieron de una encuesta a los participantes del Blanc! y a la base de datos de ADG-FAD sobre las cuestiones que más les preocupaban. Entre seis opciones (la IA, el dinero y las tarifas, la carrera profesional, el papel de asociaciones y colegios, la ética y la sostenibilidad, y cómo explicar el valor de nuestro trabajo), las tres más votadas fueron las que se convirtieron en los círculos de debate. El Ágora habló de lo que el propio sector pidió hablar.

Para vertebrar la experiencia nos apoyamos en la figura de El Diseñor, el personaje que, desde su primera aparición, acompañó todo el branding del Blanc! de este año en redes sociales. No tiene forma porque habita en todas ellas: te escucha, te comprende y da penitencia. Es una deidad, el señor de todo lo diseñado, y ningún pecado creativo le puede escandalizar. Su tono desenfadado y macarra atrapó al público y lo acercó a la atmósfera que el festival buscaba.

Fue él quien abrió y cerró el Ágora. No hubo presentador ni bienvenida institucional. El Diseñor tomó la palabra, explicó las reglas de los círculos y, finalmente, devolvió a la sala las reflexiones compartidas transformadas en sermón. Ese fue el gran golpe de efecto.

Cómo funcionó el Ágora

El Ágora reunió a unas 120 personas y se convirtió en la dinámica más grande que hemos facilitado como Interactius. El espacio se dividió en tres círculos que funcionaban a la vez, cada uno con su tema, su liturgia y unas cuarenta personas sentadas alrededor. Cada cuarenta minutos, la sala se ponía en movimiento: los asistentes cambiaban de círculo como quien recorre las capillas de un templo, de modo que en dos horas cada uno podía pasar por los tres. Esa peregrinación era la experiencia completa.

Cada círculo arrancaba con una breve intervención de un miembro de ADG-FAD que introducía el gran tema. En los círculos, el altar invitaba a colocar una vela en la opción con la que cada uno más se identificaba: una forma de tomar posición y hacer visible el estado de la sala.

En cada círculo, además, una persona de nuestro equipo actuó como infiltrada. Su papel iba más allá de tomar notas: trasladaba en tiempo real a El Diseñor el estado del círculo para que pudiera seguir las conversaciones mientras sucedían, manteniendo el anonimato de quienes se pronunciaban. Gracias a ese hilo invisible, el sermón final no llegó escrito de antemano, sino que respondía a lo que la sala acababa de decir. Lo que sigue sale también de esas notas.

El Círculo del Prompt: lo que se vota y se confiesa

Panel del Altar del Círculo del Prompt con la pregunta «¿Qué lugar ocupa hoy la IA en tu oficio?» y las tres opciones debajo: amenaza, no lo sé y asistente. Cuatro personas de pie a ambos lados, una de ellas leyendo de un libro, y el público sentado de espaldas.
El altar del Círculo del Prompt: tres opciones y una vela para tomar posición.

Àlex Gobern, presidente de ADG-FAD, abrió el primer círculo con una pregunta directa: ¿qué lugar ocupa hoy la IA en tu oficio? Partió de las inquietudes que había detectado una encuesta previa al sector (los derechos de autor, el FOMO ante la velocidad de las herramientas, el temor al intrusismo) y planteó una idea: cuanto más fácil es producir, más se desplaza el valor del diseñador hacia el criterio.

El altar fue contundente. En las tres rondas, entre el 80 % y el 98 % de las velas situaron la IA como asistente, y la amenaza apenas apareció. Pero una parte de la sala, casi uno de cada cinco en la primera ronda, eligió «no lo sé». Ese «no lo sé» importa, porque es la puerta a lo que vino después.

Nadie negó que la IA multiplica la velocidad. Alguien confesó estar «flipando» con cómo rompe el cuello de botella del diseño; otra persona, que la IA se había expandido tanto que ahora le cuesta delegar. La conversación también tuvo su contracara: ¿Qué estamos perdiendo? La escritura y el rigor. «Si mañana me quitan la IA no podría trabajar», admitió alguien, y otra voz la definió como una trampa: hacemos más cosas, pero nos puede pasar factura en la salud mental.

La demanda compartida fue clara: «No quiero que la IA haga lo que me gusta». Que se encargue de lo mecánico y nos deje la exploración, la parte que da sentido al oficio.

Confieso que…

Varias tarjetas del Ágora con la cabecera «Confieso que…» sobre una mesa, algunas rellenadas a mano con confesiones anónimas sobre el uso de la inteligencia artificial.
Las confesiones anónimas matizaron lo que se había votado en público.

Además de posicionarse en el altar, los participantes escribieron de forma anónima una confesión sobre su relación con la IA. Recogimos sus tarjetas, y lo que dicen en privado matiza lo que se votó en público.

Casi nadie teme que la IA le quite el trabajo. El miedo es otro: quedarse atrás. «Me siento como mi abuela respecto a la IA», «No sé hacer un prompt», «Me dan ganas de montar una granja».

Junto a esa inquietud aparece el pecado más repetido: delegar por pereza. «Uso ChatGPT cuando me da pereza pensar», «Hace un año que no escribo un correo yo mismo palabra por palabra», «Todo lo que hago le pregunto a la IA su opinión profesional». Hubo incluso quien confesó presentar como propias ideas que salieron de la máquina.

También hubo defensa del oficio: «La IA no es creativa, y creo que la gente no es consciente». Y quien la celebra sin complejos como «el millor dels becaris». Hubo incluso confesiones que van más allá del trabajo: personas que le cuentan sus problemas a la IA por miedo a lo que diría su entorno, o que la usan para que les dé la razón.

La lectura es incómoda, pero útil. En el círculo se dijo que el criterio es lo único que nos queda; el riesgo no es que la máquina nos lo arrebate, sino que lo cedamos nosotros, una tarea cómoda tras otra. La propia sala lo resumió mejor que nadie: si usas la IA desde la vagancia, no vas a progresar.

El Círculo del Tributo: lo que pagamos por el oficio

Tres personas de pie ante el panel del Altar del Círculo del Tributo, una de ellas leyendo de un libro. Detrás, una pantalla grande con el símbolo luminoso de El Diseñor. El público llena las sillas en primer término.
El Círculo del Tributo, la búsqueda de la estabilidad.

Coko Gabriel, fundador de Not Found™ Agency y socio de ADG-FAD, abrió el segundo círculo con una paradoja: una profesión que exige años de formación especializada, muchas veces privada, apenas ve esa inversión reflejada en el sueldo. Y señaló parte de la responsabilidad en el propio sector, que ha dejado que el diseño se perciba como un adorno y no como una herramienta de negocio.

La pregunta del altar era «¿con qué moneda estás pagando tu devoción por el oficio?»: tiempo, salud o estabilidad. Pero lo más revelador llegó a mano alzada. En las tres rondas, casi todos reconocieron trabajar más horas de las debidas y sentir que cobran menos de lo que valen. Prácticamente todos habían oído alguna vez «esto se hace en un momento», y muchos habían tenido que pelearse para cobrar un trabajo ya entregado.

Las frases fueron igual de elocuentes: «Llevo 15 años sin fines de semana», «Me ha costado muchas horas de psicólogo entender el valor de nuestro trabajo». Se habló de la salud que se resiente en un sector con mucha presión, de la incertidumbre de quien empieza, de una formación que, según varios asistentes, enseña lo mismo que hace quince años, y de lo poco que se nos enseña a negociar y a vendernos.

Lo que podía haber sido un muro de lamentos se convirtió en otra cosa. Perfiles veteranos y personas que apenas empiezan compartieron experiencias sin filtros y se dieron consejos concretos sobre cómo poner límites y perder el miedo al «no». «Este es mi precio; si no lo quieres, hay otros». «No hay que llorar, sino reenfocarnos».

Nuestra infiltrada resumió cada ronda en una palabra: «terapia», «hermandad» y «la búsqueda de la estabilidad». La última quizá sea la más honesta. Defender el valor de lo que hacemos no es una cuestión de ego, sino la condición para que la profesión sea viable.

El Círculo del Sermón: por qué cuesta explicarnos

Tres mujeres de pie ante el panel del Altar del Círculo del Sermón: la del centro habla gesticulando y la de la derecha sostiene una libreta. En primer término, el público sentado escucha de espaldas a la cámara.
El Círculo del Sermón: el único en el que no hubo consenso.

Íngrid Torán, fundadora de Blou and Rooi y vicepresidenta de ADG-FAD, abrió el tercer círculo con la pregunta que el sector se repite desde hace años: ¿qué tiene que cambiar para que se entienda mejor el valor del diseño? Su punto de partida fue la distancia entre el valor que generamos y nuestra capacidad para explicarlo, y la necesidad de dejar de justificar presupuestos o trabajar por horas para hablar de impacto.

La sala encontró pronto el agravio común. Frente a la arquitectura o la medicina, donde nadie discute el criterio técnico, en diseño cualquiera se siente experto por tener una herramienta visual a mano. «En 13 años que lleva mi empresa, me cuesta todavía poner en valor lo que hacemos», confesó alguien. Otra asistente reprodujo una conversación demasiado familiar: «¿Qué eres? Diseñadora gráfica. No, pero ¿qué haces?».

Aquí no hubo consenso, y eso es lo más interesante. Una parte defendió que el problema empieza por nosotros: nos presentamos como ejecutores de piezas y no como quienes resuelven problemas, así que nos toca hacer de profesores, e incluso de terapeutas, con el cliente. Otra parte respondió que no tendríamos por qué, porque a otros oficios no se les exige esa explicación. Alguien replicó que tampoco entendemos por qué nos cobra tanto el mecánico.

El debate aterrizó en lo práctico: buscar indicadores que demuestren el impacto, y no siempre económicos, sino también de vinculación o de percepción; entender qué valora cada cliente y con qué vocabulario habla; y asumir que el contexto pesa, porque varios asistentes notaron que no es lo mismo defender el diseño en Cataluña que en Madrid o en Portugal.

Hubo quien compartió lo que le funciona: desde que explica todo el proceso creativo antes de presupuestar, le aceptan más proyectos. Y quien lleva la estrategia más lejos: pasa la petición del cliente por ChatGPT y le enseña las dos versiones para que vea la diferencia. Una frase resumió el debate: «Decimos que diseñamos logos en lugar de decir que levantamos marcas».

Lo que atravesó los tres círculos

Vista general de la sala durante el Ágora: decenas de personas sentadas en sillas plegables escuchando, con el panel del Altar del Círculo del Prompt al fondo y un facilitador de pie en primer término, con un libro abierto en la mano.
Los tres círculos ocurrían a la vez, en la misma sala.

Al escuchar a los asistentes descubrimos algo que no habíamos previsto: la IA no se quedó en su círculo. Apareció también en los otros dos. En el Tributo, como una presión más sobre lo que se puede cobrar. En el Sermón, como un rival más frente al que hay que justificar el valor de nuestro trabajo.

Pero en más de un círculo se repitió también la historia contraria: clientes que probaron a resolverlo con IA y acabaron volviendo. Una web que no era lo que esperaban. Un diseño hecho con ChatGPT que no se podía llevar a imprenta.

Los tres temas del Ágora resultaron ser uno: cómo sostener el valor del criterio humano cuando producir es cada vez más fácil, más rápido y más barato. No hay una respuesta única, pero sí una pista compartida: el valor no se defiende solo con la pieza, sino explicando el proceso y las decisiones que hay detrás.

El cierre: la última revelación

Al final, El Diseñor volvió a tomar la palabra. Su sermón recogió lo dicho en los tres círculos y lo devolvió a la sala convertido en liturgia. Sobre la IA: «No dejéis que la máquina haga lo que amáis. Que haga lo que os roba el tiempo». Sobre el precio que pagamos por el oficio: «Eso no es devoción, fieles. Es penitencia. Y yo nunca os la he pedido». Y por debajo de todo, la pregunta que atravesó el Ágora: ¿seguimos creyendo en esto?

«Tres círculos. Una misma respuesta. Sí. Seguimos creyendo en esto. Con dudas, con cansancio… pero creyendo.»

Si algo nos llevamos de esta edición, más allá de las cifras, es lo que ocurre cuando se suspenden las etiquetas profesionales. Al terminar cada círculo, la conversación se resistía a acabar: los asistentes siguieron debatiendo en los pasillos, intercambiando contactos y ofreciéndose ayuda fuera del guion. Diseñar un marco de encuentro sirvió exactamente para eso, para que personas que comparten oficio, contradicciones e incertidumbres volvieran a hablar sin filtros.

Gracias a David D'Eboli y al Blanc! por confiar en nosotros, a ADG-FAD por acompañarnos en esta aventura, a Àlex Gobern, Coko Gabriel e Íngrid Torán por ser parte de la experiencia, y a todas las personas que se sentaron, votaron, confesaron y discutieron. El Blanc! demuestra en cada edición que un festival de diseño puede ser mucho más que un escaparate: un lugar donde el sector se mira a sí mismo con honestidad. Nos vemos en la próxima edición. Y, como nos despidió El Diseñor: id en paz… y cobrad lo que valéis.

Foto de grupo del equipo del Ágora, una veintena de personas posando entre risas delante del panel del Círculo del Prompt. Al fondo, en letras rojas sobre la pared: «El Dissenyor us concedeix un moment de repòs».
El equipo que hizo posible el Ágora, al terminar la jornada.

Anexo: el confesionario de El Diseñor

Cartel enmarcado del Confesionario sobre fondo rojo, con el título en letra gótica y el lema «El diseño es un acto de fe», seguido de las instrucciones para confesarse.
Una mano extendida en la penumbra tocando una pantalla iluminada dentro del confesionario, para despertar a El Diseñor.
Una persona en el escenario, micrófono en mano, señalando al público. Detrás, el logotipo de Interactius proyectado en rojo sobre la pared.

Más allá del Ágora, El Diseñor tuvo su propio espacio en el festival: un confesionario privado que permaneció abierto durante los dos días del Blanc!, pensado para suspender el juicio y despojarse del postureo profesional. Lo construimos sintetizando su voz y dándole vida con un agente de IA entrenado a partir de conocimiento real sobre cómo trabajan hoy los diseñadores, las tendencias del mercado y la personalidad del propio personaje. El ritual era sencillo: entrar, sentarse, ponerse los auriculares y tocar la pantalla para despertarlo. A partir de ahí, una conversación en voz alta, a solas con él.

«Has cruzado el umbral. El santuario te recibe en la penumbra. Soy El Diseñor, el que escucha lo que ningún cliente debe oír. Dime, alma creativa… ¿de qué pecado de diseño vienes a purgarte hoy?»

El Diseñor escuchó 150 confesiones y no se escandalizó con ninguna. La mayoría fueron exactamente lo que prometía: pecados de diseño confesados y absolución recibida, desde admitir que no se consultan los manuales de marca hasta compartir la incertidumbre que hoy atraviesa el oficio. Pero al escucharlas se repiten tres grandes temas: las herramientas, con Figma a la cabeza; el bloqueo creativo; y la ansiedad por el futuro profesional, la misma que apareció en los círculos del Ágora.

Y hubo quien entró y apenas llegó a decir nada. Quizá porque hablar en voz alta con una máquina, aunque sea a solas, todavía impone.

Aun así, el confesionario demostró algo: probablemente lo que más necesita hoy el oficio sea un lugar donde admitir nuestros pecados no tenga coste ni juicio.

Un año más, gracias Blanc!

Designer, ¿cuál es tu drama?

Sara, 19 de noviembre de 2024

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